Desde hace un tiempo — un poco cada día — venimos levantando Kaeldum, nuestro servidor de Mu Online, desde los cimientos, pieza por pieza. La idea nunca fue copiar el juego, sino entenderlo por dentro y, de a poco, hacerlo nuestro. Lo que sigue es la crónica de esa campaña: lo que ya conquistamos, y lo que todavía espera del otro lado del mapa.
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Las primeras piedras del servidor quedan puestas. Todo lo que el cliente envía, ahora tiene quién lo escuche.
Por primera vez, el juego original muestra en pantalla una lista de servidores nacida enteramente de nuestro código.
El idioma secreto entre cliente y servidor queda descifrado. Las puertas del reino se abren a quien conozca la contraseña.
El personaje entra al mundo y camina por sus calles. Y cuando dos aventureros se cruzan en la plaza, cada uno ve al otro.
Los monstruos acechan, persiguen y atacan — y huyen si te alejas. Cada bestia que cae te hace más fuerte, hasta que el héroe asciende a un nuevo nivel. Y si la batalla se pierde, la muerte es solo un instante: revive en el pueblo para volver a la caza.
Cada zona cobra vida propia: las criaturas nacen, deambulan por su territorio y renacen a medida que caen bajo la espada.
Las bestias sueltan tesoros al morir. Los objetos caen al suelo, brillan a la vista — y el héroe los recoge para guardarlos.
El héroe guarda, ordena, viste y empuña lo que encuentra — y su equipo lo acompaña entre viajes, tal como lo dejó.
Lo que el aventurero empuña y lo que lo protege ya se refleja sobre su cuerpo — y todos en la plaza contemplan el mismo acero. Cada pieza conoce su lugar: la espada en la diestra, el escudo en la siniestra; a quien intenta lo imposible, el mundo lo corrige.
Entre el botín, algunas piezas caen tocadas por la fortuna: forjadas con niveles y virtudes excepcionales, irradian un aura que crece con su poder. Lo que fulgura en la mano de un héroe, fulgura ante cada ojo que lo contempla.
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